Un fantasma está recorriendo México este
otoño. Es el fantasma de la indignación, el fantasma de las masas en la calle,
el fantasma de un pueblo que ha dicho “basta” y ha decidido plantar cara a las
oligarquías capitalistas. El pasado mes de octubre se conoció la
noticia: 43 estudiantes normalistas (lo que en España equivale a estudiantes de
magisterio) de la Escuela Normal de Ayotzinapa resultaban desaparecidos, y
venían a sumarse a las 6 personas asesinadas, dos de ellas estudiantes, a finales
de septiembre. Desde entonces, las protestas estudiantiles y populares,
reclamando justicia, han ido in crescendo,
y están logrando poner contra las cuerdas al régimen.
Los medios de comunicación masivos han
forjado la imagen de un México sumido en el caos y la violencia extrema
provocada por ajustes de cuentas entre narcotraficantes y por la “guerra contra
el narco”. Esos mismos medios, sin embargo, olvidan interesadamente mostrar la
otra faceta de esta violencia; la de unos gobiernos que han utilizado el terror
como excusa para militarizar el país y represaliar todos los movimientos
sociales. La oportuna guerra contra las mafias ha permitido el control de la
población y ha allanado el terreno para que el capital campe a sus anchas por
el país. El caso de los 43 estudiantes de Ayontzinapa viene a engrosar la lista
de más de 27.000 desapariciones forzadas desde 2006, según cifras oficiales.
Una violencia, por tanto, que presenta un marcado carácter político, y que no
debe ser contemplada como una mera consecuencia del narcotráfico.
Esta sistemática violación de los Derechos
Humanos en México parece no incomodar a los círculos de poder internacionales
ni a sus voceros que a través de las grandes agencias de comunicación se han
empeñado en mostrar al país norteamericano como una economía exitosa y emergente.
Desde hace dos años se están llevando a cabo “reformas estructurales” en el
país, eufemismo para referirse a la privatización de los recursos y las empresas públicas y a la
promulgación de reformas laborales que no hacen sino empobrecer aún más a las
clases populares, pero que suponen en cambio un botín suculento para las oligarquías
nacionales e internacionales. Paralelamente, se ha creado tanto dentro como
fuera del país un cerco mediático y discursivo que se ha revelado muy eficaz
para mantener relativamente apaciguada a la inmensa mayoría de la población que
sin embargo no huele ni de lejos las supuestas bondades aportadas por el
crecimiento económico.
Pero ni la máquina propagandística ni la
violencia gubernamental y paramilitar han podido acallar el clamor popular que
se ha desatado a raíz la noticia de los estudiantes desaparecidos. ¿Por qué
Ayotzinapa? Porque se trata de una de las muchas escuelas normales rurales que
está llevando la educación a la población campesina del país. Una masa rural
que a los gobernantes podría resultar molesta si ésta tomase conciencia de su
situación y adquiriese la capacidad de organizarse y reclamar sus derechos. De
ahí que el Estado trate de acallar por todos los medios a los estudiantes
críticos. Y sí; fue el Estado, el gobierno federal de Enrique Peña Nieto, el
verdadero culpable de los crímenes de Ayotzinapa, por más que nos quieran
vender lo contrario.
Ayotzinapa ha sido la gota que ha colmado el
vaso. Lo que empezó como un movimiento estudiantil para exigir a las
autoridades que entregaran vivos a los 43 jóvenes de la escuela normal del
estado de Guerrero, se ha convertido en un auténtico clamor popular contra un
régimen corrupto, explotador y que violenta de forma sistemática los Derechos
Humanos. Desde octubre se llevan sucediendo las protestas a lo largo y ancho
del país, con marchas y manifestaciones de cientos de miles de personas, y
huelgas por parte de los estudiantes. En el estado de Guerrero se ha llegado a
una situación de insurrección popular, con la toma de edificios municipales,
cortes de carreteras, quema de sedes de los partidos políticos involucrados en
el crimen, etc. Acciones de fuerza que tienen un carácter masivo ya que están
siendo llevadas a cabo por cientos de maestros, normalistas, trabajadores, que
cuentan con el apoyo directo o indirecto de los familiares de las víctimas, y
que son una muestra de la gran tradición de lucha que existe en la región.
Cabe preguntarse por el futuro de estas
movilizaciones. De momento parece que la única vía es que el pueblo mexicano se
mantenga firme en sus demandas y que exija la aparición con vida de los
desaparecidos, el castigo a las autoridades en todos los niveles y acabar con
la impunidad del estado criminal. Pero también el resto de pueblos del mundo
tenemos una tarea pendiente: tenemos que solidarizarnos con los estudiantes de
Ayotzinapa, debemos informarnos de lo que está ocurriendo en verdad, y
contrarrestar la desinformación a la que nos someten los medios de comunicación
del sistema, y por último, debemos presionar a los respectivos dirigentes de
nuestros países para que condenen de forma inmediata a los culpables de esta
situación, entre ellos Peña Nieto. En cualquier parte del mundo debemos luchar
contra las injusticias y condenarlas allá donde se produzcan.